La Universidad actual se encuentra al filo de la navaja. En esta era del conocimiento, la Universidad tiene un papel más importante que nunca. Pero ante esta realidad la instituciones académicas están sufriendo un vaciamiento interno, ya que decaen los ideales que vienen sosteniéndose desde hace siglos.
La dinámica de la nueva sociedad exige indefectiblemente repensar la Universidad, exige continuas innovaciones, hallazgos permanentes de los nuevo.
La sociedad de hoy va llevando a concentrar todas las relaciones sociales en los ámbitos del estado, el mercado y los medios de comunicación. Ante ello es preciso descubrir nuevos caminos aún no hallados.
Éste impulso de innovar resulta debilitado si es sólo alentado por la curiosidad, pues lo que en el fondo siempre ha impulsado la ansiedad por descubrir lo nuevo es: el amor por la verdad. Sin embargo la idea de verdad ha sido siempre objeto de sospecha, mucho más en el último siglo. Esto a conllevado a aceptarla solo si se relativiza, es decir, si se disuelve.
Después de reflexionar, observamos que encontramos dos puntos, uno bueno y uno malo:
Lo bueno, es que la Universidad debe ser, y es, la protagonista en el campo del conocimiento, siempre que no se deje vencer en su capacidad de impulsar y dirigir el proceso científico y cultural.
Lo malo, es que no se debe lograr aquello a costa de la pérdida de la inspiración clásica del saber.
Ambos costados están vinculados íntimamente. El surgimiento de lo nuevo encuentra su raíz en una visión antropológica superadora del materialismo pragmático de hoy. La Universidad debe reencontrar su alma, sin caer en el error de lograrlo imponiendo el respeto a la tradición humanista.
Se debe estar convencido de que la solución no vendrá desde fuera de la Universidad, con arreglos financieros, presupuestarios, y modificaciones legislativas universitarias. La solución vendrá desde dentro, desde el seno de la misma, puesto que el problema nadie mejor que sus propios actores (profesores, alumnos, gestores) lo pueden solucionar.
Para ello se requiere de un diálogo profundo entre los actores de la Universidad, para lo que no es necesario, ni tampoco bueno, que se llegue a un acuerdo respecto a los caminos correctos, sino que se debe “acordar” cuales son los puntos en conflicto, diferencias de criterio, y lograr desde ese punto una solución, lo que no significa la neutralidad de criterio. Se debe lograr la discusión, pero sin que las cuestiones financieras o reglamentarias sean el centro de la cuestión. Tampoco se debe entrar en la polémica de universidades públicas y privadas, teniendo en cuenta que todo el ambiente universitario forma una única comunidad de investigación, docencia, diálogo interdisciplinar.
Ha llegado la hora de pensar en serio sobre la auténtica Universidad. La investigación constituye hoy en día la clave del progreso, necesario de considerar en términos internacionales. Los canales de comunicación cruzan cualquier frontera de cualquier tipo. Pero su uso será fecundo y justo si se refuerza la preparación intelectual y la formación ética de los actuales y los futuros investigadores. Sería penoso que la propia Universidad participara de las incoherencias de la globalización.
Finalizando esta introducción es bueno saber que nunca ha sido fácil la inserción del conocimiento de la verdad en la vida ciudadana. Siempre se ha sospechado – desde la antigua Grecia – de las personas que en lugar de abocarse a tareas mas rentables, se dedican al estudio de la verdad, sea desde la filosofía o humanidades. Lo cierto es que el futuro de la civilización depende de buena parte de la Universidad no pierda su esencial vinculación con los problemas que afectan a la persona humana. La Universidad y la sociedad se juegan su destino, según la medida que le den al tratamiento de los saberes humanísticos.
La Universidad es un sismógrafo de la Historia.
Muchas personas no saben ver en los llamados “temblores sociales” lo que serían quizá verdaderas transformaciones de gran alcance.
Es bueno reflexionar sobre el significado de los movimientos estudiantiles de 1968. Algunos sólo vieron movimientos de grupos revoltosos, perturbaciones callejeras, de horarios de clase, faltas de respeto verbales, etc. Sin embargo, al hacer un análisis de los resultados históricos producidos se puede ver como hoy nos presentamos tal vez ante el triunfa de dichas líneas de pensamiento. Una nueva forma de pensamiento que se puede decir marcó el nacimiento de una nueva época denominada posmodernidad.
Ante el diagnóstico de la “miopía conservadora” de que dicho movimiento había fracasado, pues se tranquilizaba al ver que la “bolsa seguía funcionando, las cortes se mantenían funcionando al igual que el parlamento”, se puede sostener que dichos movimientos fueron el único triunfo de los cánones del marxismo. Actualmente vivimos, en buena parte, bajo el signo de la <revolución sexual> y la <revolución cultural>, proclamadas por la revolución estudiantil, con inconfundible sello marxista.
No solo es bueno resaltar por ello la importancia que pueden tener los movimientos intrauniversitarios, sino el hecho de que la propia Universidad no ha sabido qué hacer con la efervescencia que ella misma suscitó. Las autoridades académicas no fueron capaces de entender lo acontecido en su propia casa en esos años, y no fueron capaces de encaminar la institución universitaria hacia la posición de liderazgo social e intelectual. Algo semejante ocurrió con los políticos, empresarios y profesionales.
La Universidad no ha sabido cómo orientar y dirigir las innovaciones tecnológicas generadas por ella misma.
También es bueno reflexionar a cerca de que la historia se ha acelerado tanto que a veces va más rápido que sus propios autores.
Es preciso que las instituciones académicas, científicas, culturales sean capaces de asimilar lo nuevo, captar su radical dimensión antropológica y ética, integrarlo en el modo de pensar propio del humanismo.
La convicción de que esto es posible, que el amor a la verdad es más fuerte que la voluntad de poder, deben ser los principios de los pocos auténticos universitarios que en el mundo quedan. Son una especie en peligro de extinción, ya que nunca surgirán por generación espontánea sino siempre al arrimo de maestros y compañeros que compartan los mimos ideales. Ideales que hoy tienen en contra el tremendo aparato del poder del estado, del mercado, los mass media, acompañados por la multitud de resignados y oportunistas que pueblan la tierra. No se debe perder las esperanzas.