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Clarín digital | Opinión. "La universidad no debe quedar en manos del mercado"

Fuente: WWW.POLITICA.COM.AR 

A FONDO / FRANCISCO NAISHTAT, FILOSOFO
"La universidad no debe quedar en manos del mercado"

Más adaptación, menos crítica. El conocimiento crece de manera exponencial y el mercado demanda la urgente utilidad de toda ciencia. Ambas realidades presionan en el mundo entero sobre las universidades.

Por ANALIA ROFFO. De la Redacción de Clarín.

El escenario puede ser riesgoso, ya que los criterios de rendimiento nunca son neutros, sino funcionales al sistema económico, lo cual suele atentar contra la autonomía del saber y anestesiar su potencial crítico. El análisis corresponde al filósofo Francisco Naishtat, quien dirigió a once investigadores del Instituto Gino Germani (UBA) que indagaron sobre la situación actual de la universidad pública en la Argentina. El libro con los resultados será editado por Colihue a fin de año. Naishtat es doctor en filosofía por la UBA y máster por la Sorbona. Profesor en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, en La Plata y en el Comahue, es investigador del Conicet, de la Sorbona y del Colegio Internacional de Filosofía (Francia).

Según el manifiesto de los reformistas del 18, la universidad debía formar "hombres libres", es decir, gente capaz de disputar a la elite la conducción política. Hace pocas semanas, directivos de Techint, la empresa siderúrgica de capital nacional más importante, le hicieron saber a la UBA su preocupación por los profesionales que está formando.

¿Cambió la misión de la universidad en la Argentina?

—La universidad emerge con varias misiones, no una sola. Una misión, creo que la más importante, es la que anima a la reforma: formar hombres libres y estimular la autonomía del pensamiento y la democracia. La libertad es un elemento central, pero también el poder formar gente apta profesionalmente, que se involucre en el mercado de trabajo y sea útil socialmente. Los reformistas pensaban que había vasos comunicantes entre la capacidad intelectual para pensar maduramente y el hecho de ser apto profesionalmente. Pero no las confundían como aptitudes idénticas. Sabemos muy bien hoy que no lo son, porque un buen técnico, un buen profesional, no necesariamente tiene un perfil crítico. Por el contrario, muchas veces se intenta amputarle ese perfil.

·¿Se lo pretende más "aséptico"?

—Exactamente, cuando los reformistas intentaban todo lo contrario. Porque otra de las misiones de la universidad que definieron es la cívica, de cara a la sociedad, para reducir el margen de las desigualdades. Eso marca la relación de la universidad con el Estado-nación emergente, ya que se pretende que la universidad permita reforzar la ciudadanía y la sociedad civil en una democracia. Otro interés, aunque bastante más débil, estaba puesto en formar investigadores científicos: no ya el humanista o el profesional, sino el que es competente científicamente. Lo interesante es que la multiplicidad de misiones no plantea, en los reformistas del 18, contradicciones. Esta riqueza es propia de la "universitas", de esa totalidad que es el conocimiento.

·Por lo que usted plantea, el tema de la profesionalidad y de la aptitud para hacerse cargo de las exigencias del mercado están presentes desde principios del siglo XX. Sin embargo, el peso actual de la opinión empresarial, ¿no diseña un escenario nuevo?

—Sí, hay elementos nuevos. Por un lado, se ha reducido —y esto no es sólo específico de la universidad argentina, sino que es un fenómeno mundial— la distancia entre el contexto de producción de la ciencia y el contexto de aplicación. Hay además un entorno mucho más "performativo" (en cuanto a su capacidad de dar instrucciones y generar políticas) en relación con la generación de conocimiento. A cualquier investigador se le pregunta, para medir la relevancia de lo que hace, qué potencial utilitario tiene su trabajo.

·¿El mercado quiere réditos rápidos?

—Hay una mayor exigencia de resultados, pero simultáneamente, los tiempos que van de la generación del conocimiento a su testeo práctico son mucho más breves, lo que hace que el entorno tecnológico y performativo de las ciencias esté mucho más cerca de la teoría. Eso se traduce en mayor presión. La exigencia de rendimiento introduce una novedad, porque en la universidad clásica el contexto de aplicación y el de generación científica estaban muy nítidamente delimitados.

·¿Cómo se presiona específicamente sobre el conocimiento?

—Si nosotros tomamos, en el campo de los modelos universitarios, el famoso Documento 006 del Banco Mundial de principios de la década del 90, vemos cómo se busca actuar sobre la realidad del conocimiento. Es un documento teórico que da un diagnóstico sobre la universidad y que propone políticas en un sentido ingenieril. Todas las reformas que ha habido en la década del 90 en América latina se inspiraron en ese documento. Nuestra Ley de Educación Superior, de 1995, lo único que tiene de original son los límites que impone a la aplicación de ese documento; dichos límites provienen de respetar parte de la historia de la universidad argentina. Por ejemplo, allí donde nuestra ley no avanza en cuestionar el cogobierno es lo que tiene de original en relación con el Banco Mundial. Marx decía que los filósofos se habían limitado a interpretar el mundo y que ahora se trataba de transformarlo: también ésa es una dimensión "performativa", gestadora de políticas. La diferencia radica en que, en la óptica del marxismo, la performatividad tenía que ver con la emancipación, con un reencuentro con la autonomía del sujeto, mientras que la performatividad actual tiene que ver con adaptación y rendimiento.

·Los conocimientos se modifican. Parece lógico, en esa dinámica, exigir que estén conectados con su posibilidad real de aplicación. ¿Por qué algunos se inquietan?

—Es que eso tiene dos costados. El bueno es que la proximidad del entorno práctico puede estimular el conocimiento y señalar áreas nuevas de investigación. El aspecto riesgoso es que no hay que olvidar que la universidad debe verse en la perspectiva de tres planos: el de los modelos, el de las prácticas y el del contexto histórico y socioeconómico. De ahí se desprende que la utilidad, la aplicación de la cual estamos hablando está contextualizada.

·Insisto: parece lógico. ¿Cuál es el riesgo?

—Que los criterios no son neutros. El criterio de utilidad y rendimiento es funcional al tipo de empresa económica o al tipo de sociedad de intercambio en la cual está inserta la universidad. Entonces, lo que se puede poner en peligro es la autonomía del conocimiento, la libertad para deambular por sus propios temas. No está mal que de la aplicación emerjan problemas nuevos. Lo peligroso es cuando la aplicación subordina o aliena al conjunto de la producción científica. Pueden desaparecer ramas enteras del conocimiento. Yo planteo concretamente el problema de las humanidades. En Estados Unidos, por ejemplo, están en crisis.

·¿Por qué?

—Porque al no poder justificar una aplicación altamente eficiente, corren el peligro de verse maltratadas por los programas de gobierno en cuanto a la provisión de fondos. En resumen: si bien la universidad tiene que atender al dios de la performatividad, también tiene que defender su libertad académica. La promiscuidad de los contextos puede poner en peligro la autonomía imprescindible para que el conocimiento avance.



Nuevas demandas

·La expansión del conocimiento en las últimas décadas es impresionante. ¿La universidad argentina es capaz de procesar semejante crecimiento?

—Es un momento crítico, sin duda, pero para todas las universidades del mundo. El investigador José Joaquín Brunner señaló en un artículo reciente que la bibliometría distingue hoy 37 mil áreas especializadas en la actividad científica. Y que América latina sólo está representada en el 17% de esas 37 mil áreas. Constata también que de 1960 a 1980 la producción en historia supera la producción que hubo desde los griegos hasta el siglo XX. En matemática, se producen 200 mil nuevos teoremas anuales. Es un conocimiento obviamente inabarcable por una sola institución. Muchas veces las universidades responden a esto especializándose, abandonando o cediendo parte de ese papel universal y recortando su función. Eso repercute en una proliferación sin límite de instituciones universitarias, donde hay una cadena de especializaciones que pueden llevar a absurdos en cuanto a carreras ofertadas, porque son ultraespecializadas o incluso distan mucho de ser científicas.

·El conocimiento se expande y el mercado flexibiliza las condiciones de trabajo. ¿La universidad resiste tantas demandas?

—La previsibilidad del conocimiento se desmorona, como también su aplicación. Nadie tiene claro cómo y cuándo va a poder aplicar su capital de conocimiento. Los mismos problemas requieren cada vez más una suerte de transdisciplina en constante transformación. Eso atenta contra la arquitectura institucional de las universidades clásicas. Lo que ocurre es que estas transformaciones societales globales ponen en entredicho el ideal clásico moderno de una universidad omnicomprensiva, fundamentada en un tronco —como la filosofía o la razón— que lo abarque todo. Por eso sobreviene la fragmentación.

·Parece imposible volver a ese tronco común que lo abarque todo...

—Muchos han buscado respuestas. Jurgen Habermas sostiene que el hecho de que no se pueda volver ya a un tronco fundacionista común, asentado en una filosofía abarcadora y omnicomprensiva, no implica necesariamente rupturas entre las diferentes áreas. Si bien hay proliferación y multiplicación, no hay por qué poner en jaque el potencial crítico reflexivo, siempre y cuando se mantenga y se eduque universitarios con perfil comunicativo crítico, dispuestos a transitar entre distintas áreas. Es un diálogo difícil, pero la complejidad no necesariamente se traduce en fragmentación. El otro camino para la universidad sería el de la compartimentalización, fragmentación, especialización. Pero ése es el camino de la empresa, de las unidades de producción y optimización.

·¿Son caminos inconciliables?

—Me parece que sí. Por eso creo que la universidad no debe quedar en manos del mercado. En la medida en que hay tensión entre los fines del mercado y de la universidad, es importante que el Estado proteja la universidad y la ciencia. Lo cual no quiere decir que su universidad y su ciencia no deban rendir o producir sujetos que puedan tener aptitudes para desempeñarse en el mercado. Pero eso no significa sobreadaptación ni olvido del perfil crítico. Muchos creen que el hecho de que la universidad deba producir gente apta para el mercado implica que la universidad, ella misma, deba ingresar al mercado, respetando incluso las condiciones financieras de funcionamiento de aquél. Es un grave peligro que debemos evitar.

·¿La universidad pública tiene hoy una posición común frente al tema?

—Podríamos hablar de tres posiciones. La primera defiende a rajatabla el ideario reformista, pero se encuentra anquilosada en el mismo y no puede formular modelos ni respuestas institucionales que tomen en cuenta los nuevos problemas críticos, como la presión del mercado o la diferencia entre el ingreso y el egreso —un egreso constante, o incluso en retroceso, frente a un ingreso cada vez mayor—. Hay una segunda posición que dice: "Bueno, comienzo cero, hay que reformar la universidad", y que no atiende a nuestra historia universitaria. La política de comienzo cero respeta sólo criterios economicistas, en una adaptación acrítica a las nuevas reglas de juego. Hay una tercera posición, que rescata del reformismo su potencial crítico, renovador y libre e invita a pensar nuevos caminos para la universidad, poniendo en cuestión todos los aspectos del modelo existente, incluida, claro, la compleja relación con el mercado.




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